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Una
salida patética
Por
Olivia Klimt, para Mujer Bonita
Mechi,
mi amiga, me había prevenido: “Ojo que te va a llamar Javier para
salir”. Sí, sí, le dije yo y me olvidé del asunto hasta que la voz de
un desubicado “Javier-el-amigo-de-Mechi-que-me-dio-tu-teléfono”
apareció en el tubo a las 12.30 de la noche de un jueves. Ya casi
dormida, no tardé en ponerme de mal humor... no quería salir con ese
sujeto de voz gangosa que preguntaba esquizofrénicamente “¿Estudiás?,
¿Trabajás?, ¿En dónde?, ¿Qué hacés?”, como si fuera una máquina
descontrolada. Basta. Mi mal humor iba creciendo a medida que continuaba
con sus preguntas clichés. Prefería seguir tirada en la cama haciendo
zapping cual autómata, narcotizada por las imágenes de la tele que
seguir con esa conversación, bah, mejor dicho con ese cuestionario
curricular.
“Mirá,
este finde no puedo, tengo el cumple de dos amigas...” “Ok. Cuando
tengas ganas me llamás y si te divierte, organizamos algo.” OK, Bye,
pensé yo. Para mis adentros me dije: Jamás te llamaré. Olvídalo.
Jueves
de la semana siguiente. “Hola, ¿Javier?”. Sí. La voz en el teléfono
era la mía. Qué contradicción después de haber despotricado tanto.
Pero así somos las mujeres, contradictorias por naturaleza. Una vez
decimos una cosa y terminamos haciendo todo lo contrario... eufemísticamente
podríamos denominarlo “capacidad de sorprender”. Los hombres lo
definen de otra forma, “ciclotimia”. Pero así era, después de
meditar (no mucho, cinco minutos fue suficiente), llegué a la conclusión
de que “tenía que darle una oportunidad” (típica frasecita
descomprometida que una escucha de las amigas, que, de estar en nuestro
lugar, jamás aplicarían). En estos casos siempre se aplica la regla de
“Haz lo que digo pero no lo que hago”.
Sábado
a la noche. Mi “date” no dio rastros de pasarme a buscar por casa,
como habría hecho cualquier hijo de vecino que se da aires de caballero y
quiere impresionar. No. En esta salida “sui generis” la onda era
encontrarse. Ok, pensé. Está bien hacerse la superada, la moderna y
decir que es mejor así para ahorrar formalismos, compromisos y qué se yo
qué más.
Momento
crucial del encuentro. La hora de la verdad en la que las voces en el teléfono
ya no contaban. Ahí la
publicitaria frase de Axe “la primera impresión es lo que cuenta”, se
hizo realidad. Una simple mirada hacia su persona bastó para darme cuenta
de cómo iba a ser mi salida. En realidad mi predicción fue a medias, no
contaba con el broche de oro.
Básicamente,
el contraste entre los dos podría resumirse en el título del famoso
dibujo de Disney, “La dama y el vagabundo”. Yo, producida, pero nunca
tanto, no era cuestión de que pensara que era por él. Pelo lacio (por
obra y gracia de nuestra mejor aliada contra la humedad, la benemérita
“Señora Planchita”), pollera (no muy corta, no vaya a ser que pensara
que me lo quería levantar”) y los infaltables tacos estilizantes. Y él...
jeans gastados, zapatillas, campera de cuero, que de tan gastada era
posible que hubiera pertenecido a algún antepasado lejano del muchacho y
gorrito colorado de lana en la cabeza (me hacía acordar a los
estereotipados criminales made in Pol-Ka que vemos por la tele).
Y
así nos encaramamos a algún “lugarcito que me recomendaron”. Eso sí,
todo a pie. El muchacho en cuestión (Javi para los amigos) no disponía
de Mercedes, Testarossa, BMW o Fitito en qué trasladarnos. Pero no era un
detalle que me importara demasiado, siempre y cuando no hiciera mucho frío...
La
“velada” (sí, al fin encontramos el famoso lugarcito recomendado, o
al menos eso creímos) transcurrió sin
pena ni gloria. En realidad, no fue una conversación, sino que continuó
el interrogatorio iniciado telefónicamente. Después me quedé pensando
si este chico no sería de la SIDE, FBI o de la KGB.... Para hacerla
corta, la salida fue un verdadero aburrimiento, y si todo giró en torno
de su cuestionario, fue porque realmente no había un tema de conversación
que primara o en el que pudiéramos participar los dos equitativamente. Éramos
muy distintos y se notaba. No teníamos nada que ver el uno con el otro.
2.30
am. Por suerte, a él se le “ocurrió” la salvadora idea de que ya era
tarde (sábado a la noche?) y llegó el momento de la despedida. Si fue
incapaz de ir a buscarme a casa, era ingenuo pensar que me iba a llevar.
Me acompañó a la parada del colectivo y hasta ahí llegamos con el típico
y trillado “nos vemos”, fracesita que en idioma porteño significa
“un gusto conocerte, pero no pienso
volver a llamarte”. Yo contesté “Sí, listo.” Por primera vez en
toda la noche hablamos en el mismo código y nos entendimos.
Para
llegar a casa tenía que tomarme un segundo colectivo, cuya parada está
al lado de un boliche con una cola interminable de adolescentes
alborotados que hacen fuerza para serlo. Y es justamente acá donde rematé
la noche: dos chicos con un “tetra” en la mano se me acercaron y
“muy amablemente” me invitaron a despojarme de mis pertenencias
monetarias, reloj, cadenitas de oro y demás....eso sí, me dejaron 70
centavos para el bondi.
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