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El
coronel no tiene quien le escriba
Gabriel
García Márquez
Editorial
Sudamericana
109 páginas
1994
Máquez,
el eterno dibujante de las miserias humanas
Por
Mercedes Carrin.
Ya
no da órdenes, ni se lo considera un héroe de la guerra civil,
nadie le tiene el respeto que se merece. No es más que un hombre
demacrado, débil y pobre. Se trata de una coronel castigado por la
situación de su país que repercute en su vida personal. Sin
embargo, nunca deja de buscar valores como la dignidad, la paciencia
y la humildad. Toda su vida anduvo con la cabeza baja y en el más
absoluto anonimato, hasta el el propio Márquez
ni siquiera le dio un nombre.
Los
recursos literarios utilizados en la novela ayudan a evidenciar la
agonía que sufren el Coronel y su esposa. Los acontecimientos se
suceden como en cámara lenta. El lector se encuentra con
descripciones detalladas del
pueblo ficticio, recurso tan
utilizado por el autor, como el famoso
Macondo de Cien años de Soledad (siempre caluroso, húmedo
y denso). Además, hay una constante apelación a la falta de aire: sopor
continuo, asma, clima sofocante. Todo es lento y doloroso. Se
vive en agonía.
Por
momentos puede apreciarse una suerte de atemporalidad. Los
personajes parecen (y padecen) tener una vida sin horizontes,
excepto el Coronel, que siempre busca algo que lo aferre a la vida.
Pero podría decirse que se trata de una falsa esperanza. Es la
ilusión de recibir su merecida jubilación, la que espera todos los
viernes desde hace quince años. Mientras tanto no tiene qué comer,
su esposa sufre de un asma invencible y ambos viven bajo la sombra
de la muerte de su hijo Agustín. Esa jubilación tan anhelada
simboliza, además, el reconocimiento.
Y
aún falta mencionar un personaje decisivo. Un animal cuyo destino
está marcado desde el principio. Está hecho para pelear, sufrir y
para favorecer a otros... como su dueño.
El gallo es para el Coronel aquello que lo distraerá de su
miseria y que lo hará mirar hacia un costado mientras se dirige a
su propia muerte. "Cuando
se acabe el maíz tendremos que alimentarlo con nuestros hígados"
(p.21). El objetivo es hacerlo pelear en la gallera para salvarse de
la pobreza. Con ese fin, el Coronel deposita en el gallo todo lo que
tiene a pesar de los reproches de su esposa.
Don
Sabas también se lo advierte: "El mundo cayéndose a
pedazos y mi compadre pendiente de ese gallo"(p.80). Es
claro que el Coronel tomó la determinación de no ver la
dura realidad que le toca vivir. Continúa esperando la dichosa
jubilación con una constancia que resulta desesperante para el
lector. Sufre por las injusticias que sus semejantes cometen sobre
él, (como es el caso del mencionado Don Sabas), y por la ilimitada
ingratitud humana.
"Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú
estás muerto de hambre (...)". Aferrarse al gallo es
aferrarse a sus ilusiones y es justificar lo que parece ser su inútil
búsqueda de dignidad y de respeto.
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