Las brujas
Mujeres
medievales e inconformistas
Sus alaridos son un eco que nos llega de la Edad Media.
Fueron damas andantes. Se cortaron solas, como suele decirse, para
simplemente… ser. Eran mujeres desprotegidas y valientes. Pagaron
en precio de sus andanzas con sus carnes carbonizadas.
La historia no parece haber conocido términos
medios al considerar a la mujer. En un extremo se la adora,
maravillosa Sibila, Esfinge de Delfos, ante quien reyes y mendigos
se prosternan. Las depositarias del amor cortés son valoradas como
diosas incondicionales. En el otro extremo está la bruja, lapidada,
deshonrada, importunada y condenada a la hoguera.
Salida
de la pobreza y del anominato, la bruja actuaba de conocedora de las
artes de curar tanto los males del cuerpo como los del alma (los del
amor principalmente). Las mujeres le confiaban sus secretos y ella
influía con su medicina para aliviar el sufrimiento… La bruja
arriesgaba su vida al penetrar en los secretos de la naturaleza y al
pretender erigirse en sujeto de saber. Era una suerte de ciudadana
oscura que se movía entre las zarzas, de donde extraía sus
poderes.
Las
brujas fueron mujeres solas, casi libres, viviendo en una zona de
riesgo pero vivas al fin. En su mayoría eran mujeres pobres.
Personificaban la rebeldía y el deseo de saber. Médicas y
curanderas primitivas, se erguían en profesionales silvestres,
cuando no salvajes. Eran consultadas por males de amores y
conjugaban consejos con elementos de magia y sugestión. Eran
mujeres del y para el pueblo.
Se
ha explicado la brujería desde una vertiente sociológica: para
distraer al pueblo de los excesos y abusos de las clases reinantes,
de sus lujos y crueldades, las brujas, que no hacían mal a nadie, a
lo sumo deliraban o alucinaban, pasaron a convertirse en el
paradigma del Mal por excelencia.
Desde
la Edad Media (y sin duda, también desde la antigüedad), la figura
maléfica de la bruja, pobladora de pesadillas infantiles, reaparece
bajo las multiformes facetas que van desde curanderas campesinas
hasta brujas mucho más refinadas que atienden, previo pago de
elevadídimos honorarios, a los requerimientos de las clases altas y
cultas. Ayer y hoy son mujeres que cultivan, siempre, su áurea de
marginalidad y misterio.
(Fuente:
Alcira M. Alizade, La mujer
sola, Buenos Aires, Lumen, 1998.)
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