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La nota de la semana


EL CULTO A LA DIFUNTA CORREA
EN SU PROYECCIÓN MÍTICO-POPULAR

A la vera del camino, una casilla de cemento adornada con alguna cintilla roja, y algunas botellas de gaseosa vacías de su contenido original y llenas de agua… No, no es una curiosa innovación publicitaria de Coca-Cola. Menos aún un bebedero para pajaritos ideado por algún alma compasiva y ecológica.

Se trata de uno de los cultos más populares y fervientes de nuestros paisanos: la devoción a la siempre sedienta Difunta Correa.

Cuál es el origen de esta creencia, cuáles sus rituales y significados, se preguntará el sorprendido observador de tales manifestaciones.

Cuenta la historia —verídica, aclaran las viejas cuenteras— que en la provincia de San Juan, hacia 1850, vivía Deolinda Correa, mujer de una belleza fuera de lo común y acosada por ejércitos de admiradores. Ella, sin embargo, supo escoger y casarse con el único a quien amó.

Por entonces, las montoneras de “el Tigre” Facundo Quiroga arrasaron la provincia y se llevaron al marido de Deolinda. Frente al peligro de ser ella misma tomada prisionera, o algo peor, Deolinda emprendió, en una heroica madrugada, la marcha hacia La Rioja, cargando con su recién nacido niño.

Anduvo por valles y quebradas, cruzó arenales ardientes que le llagaban los pies, hasta que sedienta y extenuada, se dejó caer en la cima de un pequeño cerro.

Sintiéndose morir —asevera la tradición—, pidió al cielo la gracia de que de sus pechos siguiera manando leche, para que el niño no muriese, como ella, de hambre y de sed.

Más tarde, cuando unos arrieros se acercaron al cerro intrigados por los caranchos que lo revoloteaban, hallaron al niño aún con vida, bebiendo de los pechos de su madre muerta.

Lo recogieron y a ella le dieron sepultura en las proximidades del Vallecito, en la cuesta de la sierra Pie de Palo, hondamente impresionados por la tragedia.

Al conocerse la suerte de la desdichada joven, los hombres y mujeres de la zona comenzaron a acudir a su tumba (hoy un monumental santuario)… y con estas peregrinaciones comenzó la devoción a la Difunta Correa.

La difusión de los milagros atribuidos a esta santa popular se irradió desde San Juan a todo el país, y no es extraño encontrar “altarcitos” de la Difunta en la misma patagonia, o en países limítrofes, como Chile o Bolivia.

A la Difunta Correa se le dedican coplas y canciones, se le encomienda el cuidado del ganado, la protección en los caminos y el cuidado de los hijos pequeños.    

Habituales son, también, las promesas a la Difunta (a cambio de alguna gracia). En este punto, aseguran los entendidos, “la Difunta es muy exigente” y, si alguien no cumple la promesa, tendrá sin duda muchos inconvenientes.

Por ello no es de extrañar, señala el folklorista Felix Coluccio, que cuando ciertas personas se quejan muy seguido de dificultades en su vida, algún devoto les pregunte condolido: “¿No será que se habrá olvidado de cumplir con la Difunta?” Si la respuesta es afirmativa, surge la frase: “Entonces, es mejor que la cumpla, porque sino sus problemas irán en aumento.”

Y se asegura, continúa Coluccio, que cumplida la promesa, la vida transcurre sin tropiezos.

Como canta el poeta popular León Benarós,

En este punto, señores,

termino esta relación.

Que la Difunta Correa

los tenga en su devoción.

 


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