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¿Hasta
que punto?
Por
Marina Labayen, para Mujer Bonita
Llega
un momento en la vida de una mujer en el que debe tomar un camino:
ser madre, abuela, médica, periodista, ama de casa, profesional,...
y es probable que esa decisión la atormente de por vida. Desde
chicas juegamos a ser madres, sueñamos con ser astronautas o
azafatas para recorrer el mundo entero.
Hombres
y mujeres no somos la misma cosa. Ambos somos humanos, pero géneros
diferentes. Las diferencias son innumerables. Empezando por las
características físicas que nos separan, a las psicológicas;
desde las diferentes oportunidades laborales a la perspectiva social
con la que se juzga a cada uno de los géneros. Y esta divergencia
esta hecha explícita desde los principios de la historia.
La
Sagrada Escritura dice “Creó,
pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó,
macho y hembra los creó” (Gen 1,27), y Juan Pablo II aclara
en el apartado 7 de su Carta a las Mujeres “La
mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento
de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios. La
femineidad realiza lo <<humano>> tanto como la
masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria... Sólo
gracias a la dualidad de lo femenino y de lo masculino lo humano se
realiza plenamente.”
La
historia avanza, y las sociedades evolucionan. Las mujeres vamos
adquiriendo cada vez más derechos que nos ponen al mismo nivel de
los hombres. Ver un modelo como el de Indira Ghandi ya no es algo
que sorprenda, ni nos asombra que una madre abandone su casa para
mantener a su familia. Ya no hay diferencias: las mujeres
estudiamos, trabajamos,... , pero por suerte seguimos cocinando,
limpiando, corrigiendo deberes escolares, haciendo las compras.
Los
derechos que nos presionan
Y
esos derechos por los que tanto luchamos terminan jugándonos en
contra hasta convertirse en obligaciones. La tecnología se fue
superando, los roles fueron cambiando, pero hay cosas que no pueden
modificarse. La naturaleza no puede dejar de ser como es, las
mujeres no podemos dejar de lado nuestra forma de ser, nuestros
instintos. Ya a principios de un nuevo milenio las diferencias
sociales, políticas y económicas entre los dos géneros se ven
casi equiparadas. Pero, ¿hasta qué punto estos derechos nos
igualan a los hombres?
No
voy a defender o atacar este nuevo rol de la mujer. Pertenezco a éste,
lucho cada día por asegurarme un lugar dentro de él. Compito a la
par de otras mujeres, y de los hombres. No creo en diferencias
intelectuales, ni en el orden profesional. Creo que una abogada es
tan buena como un abogado, un presidente como una presidente,... Sólo
quiero resaltar hasta que punto esta navaja de doble filo nos hace
luchar con cada nuevo salto que vamos dando. Destacar hasta que
punto podemos tirar de un lado de la soga, sin que nos quedemos
cortas del otro.
No
es lugar de nadie ponerse a juzgar las decisiones que cada mujer
tome para encauzar su vida, ni mi intención reflexionar más allá
de los hechos. Es hora de valorar su esfuerzo y luchar por una
sociedad que la comprenda y apoye. Ya ha demostrado que no es “el
sexo débil”, sino que su fuerza reside de una manera diferente
que en los hombres. Nos merecemos nuestro lugar.
Escribime
a: marinitas@fibertel.com.ar
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