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Un
poco de historia...
El
apartheid,
¿un mundo feliz?
Ocho
años atrás la segregación todavía convivía con un mundo capitalista y
anti-racista. Cómo a principios de siglo lo predijo Huxley con su utopía
futurista, Sudáfrica aplicó estos conceptos para eliminar a la mayoría
negra par construir este nuevo mundo feliz.
Por Marina Labayen, para Mujer Bonita
El 1948
el Dr. Malán, líder del partido Afrikáner, fue elegido primer ministro
de Sudáfrica, una colonia de dominio británico desde 1910. A partir de
este momento se impuso la política del apartheid que rigió hasta 1992.
La segregación racial fue la máxima impuesta para todos los habitantes
de la colonia. Los primeros ministros subsiguientes prosiguieron con la
teoría del racismo, intensificando la violación de derechos impuestos
para clasificar a las personas como si fuesen partes de un ganado;
definido como blancos, negros, indios o mestizos.
Cómo
una suma perfecta el 80% del territorio, de lo que en 1960 se proclamó al
República de Sudáfrica, estaba poblado por el 20% de población blanca.
El porcentaje restante fue rezagado a zonas especiales que más tarde se
llamaron Bantustanes. Con un intento de reproducir el Mundo Feliz
de Adolf Huxley, los salvajes fueron excluidos de la sociedad para no
contaminar su inferioridad. Pero esta división es imposible en una
sociedad real, y cómo Huxley recurrió a los gammas y betas para los
trabajos duros, Malán tuvo que permitir el paso de los indeseables.
¿Cómo
prevenir el desarrollo?
Las razas inferiores no podían
mezclarse ni intentar elevarse bajo ningún aspecto. Para ellos se
impusieron cuantas leyes fueron necesarias para evitar la expansión. Para
pasar a las zonas blancas era necesario mostrar un pasaporte que
justifique su situación, como ir a trabajar. No tenían posibilidad de
adquirir una buena educación, ni atención médica, ni trasportes, ni
derechos civiles; también se prohibieron los matrimonios mixtos, las
relaciones sexuales, etc.
Una
piedra en el zapato
Pero las cosas no fueron tan fáciles
para la minoría blanca que dominaba el mundo. En el Transkei, uno de los
Bantustanes más grandes, a unos pocos kilómetros de Johannesburgo
aparecieron algunos disidentes a esta política de vida... el Congreso
Panafricano. En 1960 empezaron las quejas y disturbios, y para el momento
en que Nelson Mandela tomó la dirección del partido negro ya habían
pasado por sangrientas represarías. Pero ninguna matanza o persecución
fue suficiente para impedirle a este abogado negro sucumbir sus anhelos de
libertad.
Años de viajes y
clandestinidad. Tiempos duros que terminaron, o mejor dicho se acentuaron, con dos décadas en prisión. Nada lo paró, y en 1992 se
convirtió en el primer presidente negro de la República de Sudáfrica y
un premio Nóbel compartido con el ex presidente De Klerk.
¿Cómo
fue la transición?
En 1980 el presidente Botha
comenzó a dar derechos civiles a indios y mestizos. Los africanos,
desprovistos de cualquier tipo de progreso comenzaron a hacer cada vez más
explicita su disconformidad. Avasallado por tanta violencia, y fracasado
su intento de Estado de Emergencia, el gobierno pasó en manos de De
Klerk.
Para este momento las divisiones
eran cada vez mayores. Ante las primeras conversaciones con Mandela, la
minoría negra también expreso sus desacuerdos con esta distensión.
Mandela fue liberado, pero los cambios y promesas seguían sin verse en práctica.
Y
si “todo concluye al fin”, le llegó el tiempo de despedida al
aparthied que amparó a los blancos durando cuarenta y cuatro años. En
1992, un voto por persona, sin diferencias sociales, sin fraudes ni
violencia, pusieron el poder de los muchos en manos de Nelson Mandela, un
hombre negro con igual oportunidades que cualquiera. |