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Los celos, ¿señales de amor?
No son nada nuevo. Como todo sentimiento humano, existe desde que el hombre es hombre -y la mujer es mujer, desde luego-. Y no son señales de amor. Ni mucho menos.
Por Amy Stambouli para MujerBonita

En todos los casos de la vida existe una causa común: el miedo. Sí, los celos no son más que un producto de un terrible miedo, ante la posibilidad de perder algo, ya sea concreto, como en el caso de la comida de un gato ante la posibilidad de que otro gato irrumpa en su hábitat y se lo quite, o espiritual, como en el amor del hijo por la madre o del esposo por la esposa. En fin, todo eso que representa para nosotros una propiedad de gran valor.

Curiosamente, este tipo de miedo se desarrolla con mayor frecuencia en las relaciones de pareja. “Ah..., ¿¡tenés celos...!?” Esa reacción de uno de los dos, la capta el otro (con los ojos chispeantes y hasta con una sonrisa) como primer -¡y anhelado!- síntoma de amor...

Pero, ¿es que realmente los celos demuestran la presencia de amor?

Una exclusividad muy peligrosa

El amor es absorbente. Dos jóvenes se conocen, se gustan, se dan cuenta de que están enamorados... y sus mundos se reducen a una mínima expresión: él y ella. Nada ni nadie más parece tener la más mínima importancia. Y eso es normal. El comienzo de una relación amorosa es también el comienzo de toda una serie de descubrimientos sobre la persona amada, y sobre las distintas facetas de ese sentimiento que une a la pareja. Compartir juntos entonces el mayor tiempo posible es una reacción espontánea. Y muy lógica.

Sin embargo, llegar a depender el uno del otro para todo tipo de actividad, para todo tipo de decisión, no poder moverse el uno sin el conocimiento y consentimiento del otro, en fin, sentirse el uno completamente atado al otro, mucha veces por imposición de uno de los dos... puede convertirse en exageración. ¿O es que consideramos que éstas son señales de una compenetración sana y feliz para la pareja?

La pareja no es una unidad autosuficiente

El hombre y la mujer que caen en un “mundo exclusivo”, no se dan cuenta de los peligros que corren dentro de él, porque no están conscientes de que el uno no puede, de ninguna forma, aspirar a representarlo todo para el otro, por muy enamorados que se sientan.

Llevar una vida “individual” dentro de los límites de la vida en pareja, no es solamente normal, sino mucho más: ¡es absolutamente necesario! Nos referimos al caso de una pareja en la que cada uno lleve una vida social continuamente independiente de la del otro. Lógicamente, tanto él como ella están dando lugar para encontrarse con sus “segundas medias naranjas”.

Nos referimos, concretamente, a la persona que vive convencida de que su pareja puede verse en gran “peligro” por el hecho de que él se pase una tarde en la semana compartiendo unas copas con sus amigos, y ella disfrute un almuerzo con sus amigas. En este último caso, no es el amor del uno por el otro lo que está en tela de juicio, sino que cada uno considera una vida llena o vacía. Si por el hecho de que un hombre y una mujer formen una pareja, no los convierte en personas diferentes, mucho menos los hará constituir una unidad autosuficiente.

Tanto él como ella siguen siendo personas, con necesidades individuales: metas profesionales que buscan alcanzar, actividades recreacionales para compartir, inquietudes que comunicar a ese mejor amigo de la infancia... Y sólo sintiéndose cada uno en el legítimo y sano derecho de satisfacer estas necesidades fuera del círculo de la pareja, puede también sentirse mucho más realizado como persona. Esta realización personal, a la vez, se revierte en mayor felicidad como miembro de una pareja.

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