Sin
remuneración, pero sumamente satisfactorio
“Además,
es un trabajo en equipo porque nos ayudamos mucho. Uno está
aprendiendo cada día a ser bombero y por eso lo que me puedan enseñar
mis compañeros es muy valioso”, dice Claudio que es bombero hace
2 años.
Claudio
es menudo y parece tímido, pero cuando habla de su trabajo lo hace
con una pasión que se nota en sus palabras: “Me gusta ayudar a la
gente en momentos críticos o de desesperación, ya sea como civil o
cumpliendo mi función como bombero. Uno de mis primeros trabajos
aquí fue cuando pasó lo de las inundaciones en el litoral. Fue
maravilloso, la gente respondió muy bien y logramos despachar
catorce camiones. Un bombero voluntario tiene que tener capacidad,
arrojo, entereza y, sobre todo, tiene que brindarse
a los demás”. Oscar, asiente con su cabeza a cada palabra de su compañero
y agrega: “Este trabajo da una enorme satisfacción pero también
tiene sus momentos difíciles. Los treinta segundos que uno tarda en
subirse al camión y los dos minutos que uno tarda en llegar al
lugar para la persona que está en una situación límite es una
eternidad. A veces se vuelve muy difícil enfrentarse con quienes se
encuentran en estado de shock”. A pesar de esto, tanto Claudio
como Oscar coinciden en que este trabajo siempre les ha dado
satisfacciones y nunca frustraciones.
Cómo
aprender
Para
ser bombero voluntario, hay que hacer un curso de seis meses que
incluye práctico y teórico. Además, también deben hacerse
distintos cursos de capacitación para ascender. Ahora, incluso hay
una ley que obliga a hacer los cursos correspondientes para obtener
un ascenso.
En
este cuartel existe la brigada infantil, compuesta, en general, por
hijos de bomberos o chicos que tienen alguna relación con un
bombero. También están los cadetes que tienen entre 16 y 18 años.
El que fue cadete, cumplidos los 18, se transforma automáticamente
en bombero. Los que entran después de los 18 son aspirantes y
tienen que hacer el curso de seis meses.
Los
mayores de 60 años pasan a formar parte de un cuerpo de reserva.
Existe también una Asociación de Bomberos Voluntarios que
organiza, además de reuniones entre los jefes de los distintos
cuarteles, una reunión anual a la que todos concurren. Según
Claudio, “esa reunión anual es muy enriquecedora ya que permite
ponerse en contacto con otros cuarteles, compartir experiencias y
tratar distintos temas”.
El
cargo máximo entre los bomberos es comandante en jefe mayor. Después
viene el segundo jefe, luego los oficiales, suboficiales y bomberos.
Una
profesión de “compañeros”
Esta
jerarquía se respeta pero hay un gran compañerismo entre todos. En
este sentido, Jorge París cuenta: “Siempre almorzamos todos
juntos, incluso con el jefe Luis Domingo Lasquerdi. Después algunos
descansan, otros toman mate, charlamos...”
En
caso de emergencia, se da señal de alarma y todo está dispuesto
para actuar de inmediato. Al lado del garage, en un pasillo ancho,
están colgados los cascos. No todos son iguales; los cascos blancos
son los de los jefes, los rojos de los oficiales y los amarillos de
los bomberos. También están allí las camperas hechas de un
material especial para que no pase el calor y una especie de
pasamontañas para cubrir la cara. En el piso están las botas con
los pantalones listos para subírselos de directamente. Si es un
incendio menor, que se puede cubrir con los hombres que están, no
se llama a los demás. Pero si el incendio es de mayor magnitud, se
avisa por radio a los puestos fijos.
Siempre
predispuestos
Jorge
París sigue atendiendo el teléfono en la central de alarma. “Hoy
por suerte fue un día tranquilo. No hubo ninguna emergencia”,
relata. Mientras tanto, Diego y Claudio se ponen los uniformes y
posan orgullosos para la foto. “¿Me pongo las botas también?”,
pregunta Claudio con una sonrisa y la buena predisposición de
siempre.
Evidentemente,
los bomberos han de ser un ejemplo. ¿O no?
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