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Miami. El
zoológico de South Beach
Caminar por Ocean Drive, al sur de Miami, más que una experiencia
inolvidable
Por A.M.
Miami.
Ocean Drive. Sábado 21 de febrero, 2.30 pm. Mucha gente. Sol.
Calor. Viento calmo. Un tráfico infernal. Buena música. Y, entre
todo esto, el Miami “Zoo”. Ocean Drive resume, en poquitas
cuadras, todo lo que el género humano puede expresar.
South Beach, la meca de
cualquier turista que se acerca a Miami
Dos
elegantes cincuentonas, de repente, frenan en Ocean Dr. y la calle
11. Miran la mansión amarilla de la esquina. Dicen algo en
italiano; no las comprendo. Y se abrazan. Posan. Se sacan un par de
fotos. Allí, en esa misma casa, mataron a Gianni Versace hace un
par de años...
Sigue
pasando gente de todo tipo y color. Mientras escucho a un africano
que canta en vivo canciones de Bob
Marley, me dedico a mirar. Estoy sentada en la vereda. Miro y
tomo nota. Registro. Pasa por delante mío un verdadero desfile.
Improvisado, pero que en cuanto a show,
nada tiene que envidiarle al de Giordano. Hace calor, y todos
disfrutan del día. Muchos se muestran en sus autos descapotables,
con la música a todo volumen. Al negro que canta en vivo parece no
importarle. Con su remera rayada amarilla, roja y verde, sigue
bailando y cantando, frente a cinco turistas que le tiran monedas y
lo aplauden con entusiasmo.
Con botellita de agua mineral en mano, pasan
dos chicas en rollers, exhibiendo sus siluetas. Altas, y bronceadísimas.
Un fotógrafo alista su trípode. ¿Estará buscando algún objetivo
predeterminado, o fotografiará
simplemente esto, cualquier cosa, todo, nada, como yo?
No
place like it
“There’s
really no place like it”, dice su lema. Y es cierto. Ocean Drive, en South
Beach, es una calle que corre paralela a la playa, entre las calles
5 y 15. Es el centro turístico por antonomasia. Un lugar muy
tropical, con palmeras altísimas, que rodean el reciclado distrito Art
Deco, llamado así por su arquitectura teñida de tonos pastel.
Todos disfrutan del paseo. Algunos hacen footing,
sudando como animales (no olvidemos que son las tres de la tarde, y
la temperatura alcanza los 29ºC); otros preparan su atril para
pintar; los que pueden darse el lujo, recorren el lugar en limusina;
algunos descansan, desconectados, mientras duermen al sol...
La pasarela
El
desfile de modas de Roberto Giordano en Punta del Este y Pinamar es
un clásico de la temporada veranil argentina. Muchos lo ven como
“el” acontecimiento top del verano. Acá, el desfile no es de
modas, ni tampoco es “el” evento que sucede sólo una vez al año.
Es un desfile constante, que no tiene ni fecha ni horario.
Simplemente, ver la vida desde acá es como estar en la primera
fila, justo al lado de la pasarela.
Mientras
dos homeless, fumando cigarrillos que levantaron del suelo y con
bandanas colorinches en la cabeza, toman sol; tres adolescentes
pasan protestando desesperados. Uno de ellos se agarra la
cabeza. “I can’t believe it, another fucking ticket”, dice. Se quejan a
los gritos porque la policía (que acá es muy exigente, por cierto,
y recorre el lugar en bici, en carritos de golf, o con patines) les
puso una multa porque les faltaron monedas para el parquímetro.
Una
señora orgullosa pasea, altiva, un cachorrito rotweiller marrón clarito. Otra, muestra su perro blanco como la
nieve, que camina airoso con sus patas estilizadas y un jopo de
pelos enrulados parado sobre la frente. Perro y dueña parecen recién
sacados de un cartoon de
Disney. Son idénticos. ¿Vieron que a veces, no se sabe por qué,
el perro y su amo son igualitos ?
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