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Mas
allá, un grupo multiétnico practica voley sobre la arena. Se
escuchan frases en todos los idiomas. Una pareja de dos hombres
(aclaro: South Beach es “el” lugar, con mayúsculas, para los gays)
goza del partido, agarraditos de la mano y haciéndose mimitos.
Hay
también muchos niños. En patines (¡con casco!, un accesorio
imprescindible), en bici o en patineta, siempre con sus padres corriéndoles
detrás, no sea cosa que alguien se los robe (a los chicos, digo).
Suceden
cosas raras. Enanos no mayores de 8 años caminan con filmadoras y cámaras
profesionales, cual adultos. Al mismo tiempo, viejos que aparentan
80, usan gorritos flúo, zapatillas reef
y remeras estampadas con la cara de las Spice
Girls. Recién pasó uno. Jugaba al yo-yo.
Pasa
una familia hablando en francés. Son siete. Tres niñitas con
vestidos floreados de volados grandes, dos chicos, también muy
elegantes y europeos. Lo gracioso es que todos, padre y madre
incluidos, ¡¡llevan la misma ropa!! (ellos, lógicamente, no usan
vestido, pero llevan bermudas con las mismas flores)
No
falta tampoco la clásica japonesa, con mocasines, pantalones y
blazer negro (¡Qué calor!, pero ellas son así: impecables),
cargando varias bolsas de las casas más caras de Ocean Dr. Camina
con pasos cortos y rápidos, como tratando de esquivar (misión
imposible) el impregnable olor a frito que se escapa de los
restaurantes.
En
la entrada del Hotel Tides
(lugares buenos, si los hay) hay un vagabundo pelilargo pidiendo
limosna. A su lado, una mulata amamanta a su beba recién nacida,
ambas reclinadas sobre la vereda. A medio metro, un artesano vende
sombreros hechos con hoja de palmera. Algunos paran a mirarlo
mientras trabaja. Él, por las dudas, deja uno de sus sombreros dado
vuelta, con un cartel “I
love tips” (amo las propinas). Al costado, un hombre con un
instrumento musical que yo nunca había visto, toca y toca,
incansable. También pide limosna. Los turistas parecen tener los
ojos vendados a todo esto. No veo caer ni un quarter
(25 centavos). Nada de nada para estos pedigüeños-trabajadores,
sobrevivientes de la cadena alimenticia humana.
Sobre
la vereda, una cubana con un top azul que remarca sus formas se
apoya sobre un mostrador con ruedas y vende habanos. “Vendo
habanos, habanitos, de La Habana, compren, compren, que se
acaban”, repite sin cansarse. Y sonríe a los pasantes, enseñándoles
sus dientes con parches dorados.
Brumm,
brumm.
Algunos pasan con sus motos gigantescas, con flecos de gamuza en el
acelerador. Todos ellos, generalmente mayores de 20 y menores de 30,
parecen haber olvidado su remera en casa. Gozan mostrando, además
de la moto (acá la competencia abunda), sus físicos musculosos
supertrabajados, que ellos seguramente ven como esculpidos, pero que
para mí parece que los hincharon con un inflador de bicicletas.
Surfers
de pelo parafinada (léase: rubio tirando a blanco) cruzan la calle
con sus tablas al hombro. Estos sí que son yankees-yankees.
<<Para comer y disfrutar
Muchos
comen por acá. Se sientan adentro, o sobre la vereda. La ventaja de
hacerlo afuera es que se disfruta mejor del desfile. Cosa curiosa:
muchos atan a su perro, para que no se escape, a las patas de la
mesa o de la silla.
El
ambiente cosmopolita de Ocean Dr. también arrasa lo culinario. Hay
restós para todo tipo de paladar y antojo: de comida italiana,
argentina (¡milanesas en Miami!), thai, sushi, fast food, comida
francesa, vegetariana, y hasta de la India. Generalmente, la gente
prefiere los restaurantes que sirven langostas, mariscos y licuados.
South
Beach contiene un potpurrí de razas, culturas, idiomas. Diría que
sintetiza, en espacio reducido, el mundo entero.
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