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Recomendamos El dios
de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, una novela
de fácil lectura escrita por una india, que cuenta la historia
de dos mellizos, Estha y Rahel, que son separados y que luego
se reencuentran. Vale la pena leer las descripciones de los lugares,
las historias entrecruzadas, y demás.
Algo para leer ahora,
y disfrutar:
Quería compartir con ustedes una carta, por así
llamarla, escrita por W. Livingston Larned, que me llegó por e-mail
y me dejó sin aliento...
Creo que es aplicable no sólo al vínculo padre-hijo,
sino también a todos los demás.
Papá olvida
Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes,
una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados
a tu frente humedecida. He entrado solo a tu cuarto. Hace unos
minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola
de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo. Te regañé cuando
te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara
con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos.
Te grité porque dejaste caer algo en el suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste
la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste
demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar
y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la
mano y dijiste: ¡Adiós, Papito!, y yo fruncí el entrecejo y te
respondí: ¡Ten erguidos los hombros!
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme
a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros
en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar
a casa delante de mí. "Las medias son caras, y si tuvieras
que comprarlas tú, serías más cuidadoso". Pensar, hijo, que
un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca
y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté
la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste
en la puerta. "¿Qué quieres ahora?", te dije bruscamente.
"Nada" respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa
carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus
bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer
en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agotar. Y luego
te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.
Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las
manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de
mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender;
ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no
te amara. Era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara
de mis años maduros.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu
carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace
entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontáneo impulso
de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta
noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me
he arrodillado, lleno de verguenza.
Es una pobre explicación; sé que no comprenderías
estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana
seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando
sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté
por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme,
como si fuera un ritual: "No es más que un niño, un niño
pequeñito". Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte
ahora, hijo, acurrucado,
fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas
en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido
demasiado, demasiado...
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