¡Ya soy grande, dejé el chupón!
 
Cada niño tiene su personalidad: hay quienes rechazan el chupón desde un principio y prefieren el dedo, o no quieren dedo ni chupón porque tienen su peluche o el "trapito" de dormir. También están los que no pueden prescindir del objeto de su vicio y la razón es que sienten que éste los consuela y acompaña
 
Si tuvieran sabor a mantecado o chocolate, podría entenderse esa manía de algunos bebés por el chupón o el dedo. El caso es que ninguna de las dos cosas sabe a nada pero es seguro que un especial encanto deben tener pues un buen número de pequeños avanza por la vida en un eterno chupar hasta llegar al años, dos, cuatro o hasta cinco años y no hay picante o tinte amargo que pueda contra el vicio. Lo cierto es que, en honor a la verdad, un bebé se ve muy lindo con el chupón en la boca e incluso la succión de los deditos le da un aire tierno. Pero cualquiera de los dos hábitos conllevan consecuencias. Por supuesto, cada niño tiene su personalidad: hay quienes rechazan el chupón desde un principio y prefieren el dedo, o no quieren dedo ni chupón porque tienen su peluche o el "trapito" de dormir y también están los que no pueden prescindir del objeto de su vicio y la razón es que sienten que éste los consuela y acompaña. Lo ideal, en todo caso, es que el bebé abandone estos hábitos al año de edad.
 
Calmantes efectivos
 
La salida de los dientes determina el momento en que el chupón y el dedo salen sobrando. Puede ser que el niño los necesite para dormir y entonces será cuestión de q ue tú administres el tiempo en que podrá disfrutar de su manía, pero tenerlos todo el tiempo entre la boca, definitivamente no. Recuerda, en primera instancia, que la boca es la primera fuente de sensaciones para un bebé. Incluso el feto succiona su dedo dentro del vientre porque al hacerlo, experimenta una sensación de placidez. Además, cuando llora ¿no eres tú misma la que le da el chupón o lo incita a chuparse el dedo?
 
El mejor momento
 
El secreto para ayudar a tu bebé a dejar el hábito, es escoger el mejor momento. Olvídate de que lo intente siquiera, si ha nacido un hermanito, hay cambio de niñera o está entrando en la guardería; hasta una mudanza puede afectar los nervios del pequeño: la ansiedad lo mantendrá presionado y quitarle el chupón o sugerirle que deje de chuparse el dedo, será como añadir más leña al fuego. El niño necesita tranquilidad para tener el "valor" de abandonar una costumbre de la que verdaderamente disfruta. Si realmente estás decidida a ayudar a tu bebé en este trance, tienes que ser muy firme y no retroceder ante el llanto de súplica, no sólo porque habrás perdido el terreno ganado, sino porque el bebé comprenderá, con mucha más velocidad de la que crees, que halló la forma idónea de manipularte. Debes saber, además, que la empresa requiere de mucha paciencia de tu parte. Olvídate de soñar con que el hábito se haga historia de un día para otro: vigila a tu bebé y cuando percibas que está realmente sosegado y entretenido, retírale el chupón o sácale discretamente el dedo de la boca. Esto deberás hacerlo por intervalos cortos de tiempo que irán ampliándose diariamente. Al final, la idea es que el chupón o el dedo se conviertan en un elemento inherente sólo a las horas de dormir. Quítale cualquiera de las dos cosas de la boca cuando veas que está profundamente dormido para que se acostumbre a prescindir de las sensaciones gratas que le brinda el reflejo de succión durante el sueño. Algunos sicólogos especialistas en niños opinan que es mejor retirar el chupón de una vez, sin mayores contemplaciones. Claro, con el dedo no podrás hacer lo mismo. En todo caso, nadie mejor que tú para saber cuál es el método que más se adecua a las circunstancias en que se desenvuelve tu bebé y su carácter. Seguramente elegirás el método correcto.
 
Una cosa por otra
 
Si ya han pasado dos años y tu pequeño sigue por ahí orondo con el chupón o el dedo en la boca, llegó el momento de tomar medidas más efectivas no sólo por aquello de que ya está muy grande para la gracia, sino porque podría afectarse de por vida su desarrollo dental. Hay truquitos que puedes usar en este caso: podrías, por ejemplo, tomar una hoja de afeitar y hacer pequeños surcos en el chupón, con la idea de que sienta algo raro y ya no quiera tenerlo tanto tiempo en la boca. Tal vez se pregunte qué pasó con ese objeto tan agradable y termine abandonándolo sin muchas contemplaciones. Si es así, aplaude el gesto y felicítalo por haber tomado esa "importante decisión", diciéndole que ya se está siendo grande. También puedes usar el truco del regalo que se asimila mucho al del ratón Pérez   que cambia dientes por monedas. Puedes decirle a tu pequeño que por su ventana pasará en la noche, una cigüeña muy grande con un bebé en su pico y que ese bebé necesita desesperadamente un chupón. Pregúntale: "¿Qué tal si le das el tuyo y, a cambio, le pides a la cigüeña que te deje un regalo?". Si al niño le gusta el trato, cómprale un bonito juguete y déjaselo junto a la ventana. El estará feliz porque la cigüeña lo visitó. Con suerte, no recordará más el chupón. Si se trata del dedo, tendrás que ser un poco más creativa. Quizá si le dices que el ratón Pérez le traerá un regalo si deja de chuparse el dedo, podría resultar. Déjale el juguete en la almohada y permite que disfrute de él pero si reincide con el dedo, el juguete mágicamente desaparecerá. Al fin y al cabo... no se puede engañar impunemente al ratón Pérez.
 
Si, tengo todavía mi trapito... ¿y qué?
Rafael, 7 años: No botaré nunca mi mima: es como si fuera mi mamá y uno no bota a su mamá a la basura ¿no?
Peluches, pañuelos, trapitos, teteros... cualquier objeto puede convertirse en el acompañante permanente de un niño y estar con él hasta más allá de los 4 ó 5 años. A veces esas "mimas" (como las llama Rafael) parecen incompatibles con la edad. Pero: ¿qué es mejor, tolerar o prohibir? "Es mi osito el que me da toda mi fuerza, mi poder...", argumenta Susana, que ya casi cumple los seis años. Ella expresa justamente lo que le ha significado ese juguete que ha cuidado por tanto tiempo con mucho afecto y entiende que su osito tiene un significado: no es sólo una cosa sino que ha adquirido una función simbólica. A veces los niños tienen hasta dos "mimas" como Ana de 5 años quien, desde los dos, anda con su peluche bajo el brazo y el pulgar en la boca: "Mi conejito es suave y huele riquísimo. Con él yo me 'refugio' y mi dedito gordo me duerme".
No lo digas
A la llamada edad de la razón -7 años- ¿les hace falta a los niños el apoyo de una "mima"? Ellos saben que han crecido, tienen conciencia de que ya son un poco mayorcitos para eso y temen las burlas de sus amiguitos (sobre todo los varones que no les gusta para nada mostrar su dependencia). Entre ellos no hablan de eso y cuando se les interroga lejos de oídos indiscretos, se inquietan: "No se lo digas a mis amigos ¿O.K?" Por otro lado, reconocen no estar listos para dejar sus "mimas".
Crecer no es fácil
Entre los 6 y 8 años, en promedio y no es raro que lleve más tiempo, el niño deja el mundo imaginario y las creencias maravillosas, por aquellas reales y más crudas: él comprende que nunca será Superman ni ella una Barbie; sus padres pueden morirse o divorciarse; en el colegio se les exige que estudien y se preparen y eso implica trabajo, deben ser educados...en fin... Acudir a sus "mimas" -aunque sea en secreto- es aferrarse inconscientemente a ciertas actitudes de la infancia que le permiten amortiguar el aterrizaje en el nuevo mundo, el real. Las "mimas" son muy útiles especialmente durante la noche cuando la oscuridad hace aflorar los miedos del niño. "Es mi somnífero, me coloco mi trapito
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sobre mi cara y me duermo. El cuida mi sueño. No es mi confidente pero tenemos algo en común: en lo negro. Creo que él está vivo", confiesa Claudia de 10 años.
Los adultos también tienen sus "mimas"
Manías, rituales al acostarse, fetiches... muchos adultos también tienen dependencia de algunas "mimas" pero a veces no están conscientes de ello. El día en que salimos sin el celular, agenda o lápiz labial nos desquitamos, quizás comiendo una barra de chocolate para mitigar la rabia. Posiblemente es por esta razón que a padres y madres les cuesta tanto aceptar las "mimas" de sus hijos: Les gustaría que se deshagan de cualquier dependencia, tanto como a ellos dejar de fumar, comer chucherías cuando están ansiosos o llenar la cartera de necedades. Esta exigencia de desapego a la "mima" es más prominente en los papás ya que las mamás se muestran más comprensivas. Queremos que el niño sea grande, responsable, autónomo y nos sentiríamos culpables si encalláramos en esa misión, más aún cuando los abuelos interfieren en la crianza de los chicos: "¡Cómo dejas que hagan eso! Si yo fuera tú..." . A veces, la crítica hiere.
También tienen su corazoncito
Hay que aprender a tolerar las manías de nuestros hijos aún cuando tengan o hayan superado los 11 años. El uso de las "mimas" a esta edad no tiene nada de alarmante siempre y cuando tengan buenas notas escolares y manifiesten las angustias propias de su edad. Lo importante es que aprendan a ser autónomos y sepan cuándo decir "no". De todas formas es bueno cuidarse de no encerrase en el anhelo de querer que los hijos sean siempre "bebés" y papá y mamá, eternamente jóvenes. Puedes confiar en que tu pequeño, entre los 9 y 11 años, comenzará a preguntarse qué hará al dejar su "mima" y elaborará estrategias para hacer la separación menos dolorosa. Hasta entonces deja que las "mimas" le hagan derrochar cariño, un sentimiento que lo ayudará en su crecimiento.